Durante años, la discusión sobre uso de pantallas, redes sociales e inteligencia artificial fue abordada como un asunto doméstico: una cuestión de hábitos personales, de educación o de autocontrol. Sin embargo, la evidencia acumulada demuestra que el problema abarca, además, dimensiones mucho más complejas.

No se trata sólo de cuánto tiempo pasamos frente a una pantalla, sino de un ecosistema tecnológico diseñado deliberadamente para captar la atención, moldear conductas y generar dependencia.

El problema no es solo la cantidad de tiempo dedicado al consumo de contenidos. Según diversas investigaciones, los usuarios se exponen a trastornos del sueño, abandono de actividades deportivas y presenciales, pensamiento fragmentado, comparaciones con modelos de vida irreales y una creciente dependencia de sistemas de inteligencia artificial para el desarrollo de procesos cognitivos básicos.

Todas las personas se encuentran interpeladas por esta realidad, pero resulta especialmente alarmante la situación de niños y adolescentes, que atraviesan etapas clave para su desarrollo cognitivo. La preocupación de los adultos responsables por el vínculo de los menores con las pantallas y las redes sociales se intensifica a nivel global.

Sin embargo, la tecnología no es el enemigo. Como ocurrió con otras revoluciones tecnológicas, son innegables los avances y oportunidades reales. La inteligencia artificial, por ejemplo, acelera investigaciones científicas y mejora procesos productivos, mientras que las redes conectan, informan y amplifican voces.

Según expertos, el problema aparece cuando ese entorno se despliega sin límites, sin reglas y sin responsabilidad pública en un mundo que parece vulnerable al consumo inmediato, al rechazo del esfuerzo y a la idea de que todo deseo debe satisfacerse sin demora.

En este punto, los especialistas suelen señalar una analogía oportuna con la industria del tabaco. Durante décadas, ese sector negó sus efectos nocivos. Luego llegó la evidencia científica, más tarde la regulación y, finalmente, un consenso social: fumar hace daño y el Estado debe intervenir.

Hoy, con las grandes plataformas digitales, parece estar desarrollándose un proceso similar y el mundo comienza a reaccionar. Francia avanza en la prohibición de redes sociales para menores de 15 años; Australia aplica regulaciones sobre horarios, edades y diseño de plataformas; en Estados Unidos, Meta, TikTok y YouTube enfrentarán un juicio histórico por adicción juvenil.

La problemática también aparece en la agenda pública local, pero de manera episódica y dispersa. El planteo existe entre docentes y especialistas, pero no parece contar aún con un respaldo institucional sólido. Resulta impostergable profundizar el debate y abordarlo de forma sistemática, ordenada e integral.

Es necesario encarar esta discusión con mayor firmeza y avanzar hacia una política pública de bienestar digital, con criterios claros, basados en investigaciones de peso y en las inquietudes e intereses de la comunidad: establecer un rumbo, comunicarlo con claridad y generar la conciencia que urge sobre el tema.